Navré pour ceux qui ne lisent pas l’espagnol, mais je ne veux pas abîmer ce texte par une mauvaise traduction. Si des lecteurs s’en sentent le courage, qu´ils soient bienvenus !
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Joaquín Morales Solá
Porque el dolor no aplaude
Kirchner no estaba. Aníbal Ibarra pelea, consciente de su fragilidad, en la selva infiel de la política. El Estado se parece a un león dormido. La sociedad osciló entre la irresponsabilidad y la insolidaridad frente a la mayor tragedia no natural que le tocó vivir a la Argentina. El dueño –o los dueños– de República Cromagnon crearon en la discoteca las condiciones de una perfecta cámara de gas para matar por asfixia a más de 180 personas.Sólo los médicos, que se agolparon en los desbordados hospitales sin otra obligación que su deber moral, merecen rescatarse entre tanto embotamiento social y político. Muchos de ellos decidieron pasar el fin de año en la primera línea de ese frente de dolor y muerte. No menos meritoria fue la acción de muchos policías, que desde el primer momento se convirtieron un poco en bomberos y otro poco en enfermeros. Los patrulleros hicieron de ambulancias cuando éstas comenzaron a escasear.
Hasta en el exterior ha rebotado la información de la ausencia de Kirchner, un presidente al que le gusta la práctica de mezclarse con la gente y envolverse en sus aplausos. Pero el dolor no aplaude. Voceros del Presidente han dicho que el mandatario prefirió no someterse a la sospecha de que especulaba con la tragedia y que tampoco quiso eclipsar la figura del jefe del Gobierno de la Ciudad.
El Papa Juan Pablo II, el rey Juan Carlos y el presidente de Francia, Jacques Chirac, entre otros líderes del mundo, se dieron tiempo en medio de las celebraciones del fin de año para enviar a la Argentina sus afligidas condolencias. El Presidente decidió, sin embargo, permanecer a 3000 km de la tragedia y sólo envió un primer párrafo frío y formal a través de su vocero, Miguel Núñez.
Ayer, cinco días después, regresó a la Capital; acortó un día su descanso programado. El lunes, seguramente advertido de las críticas que le llovían por su estridente ausencia, hizo declaraciones a Télam; estaba a la defensiva.
Dicen que Kirchner estuvo pegado al teléfono en Santa Cruz, hablando con funcionarios nacionales, y que llegó, incluso, a pedir personalmente a un ministro de la Corte que se agilizara la entrega de cadáveres en la morgue. Es posible que haya sido así. Pero se trata de otra ausencia: Kirchner, que es ahora casi el único referente de la sociedad argentina, no estuvo al lado de las víctimas. Como sucede en cualquier país civilizado del mundo, la presencia física de la más alta figura institucional de la Nación obra también como un bálsamo emocional para los que atraviesan el dolor. No es un deber constitucional ni político, pero es -debería ser- un compromiso personal y social.
La tragedia de Once tuvo más del doble de víctimas que el criminal atentado contra la AMIA. No son hechos comparables, pero la referencia sirve sólo para cuantificar la catástrofe. Quizás el Presidente decidió dejar que Ibarra cargara con la culpa de su administración, que tendrá, más pronto que tarde, consecuencias políticas.
No es -ni era- hora de tantas especulaciones políticas. Ibarra carga su cruz. El primer responsable es, sin duda, Omar Chabán, aparente dueño de la discoteca. Lo que ningún argumento oficial podrá explicar nunca es por qué Chabán pudo cometer tantas infracciones, hasta convertir su local en una trampa mortal, sin que ningún mecanismo del Estado haya funcionado con antelación.
Ni las inspecciones del gobierno capitalino ni la pericia técnica de los bomberos pudieron desactivar la bomba antes de que fuera tarde. Se necesitó una sensación de demasiada impunidad para haber insonorizado el lugar con material inflamable, para haber clausurado el enorme portón de seguridad, para dejar entrar a más del doble de personas admitidas y para permitir, al mismo tiempo, el uso de cohetes en ese lugar cerrado.
Era la inexistencia del Estado. Hubo sólo suaves -pero explícitas- advertencias ante un público casi decidido a un suicidio ritual. Tal vez el remanido e irresuelto conflicto de la educación en las nuevas generaciones de argentinos se haya explicitado en Cromagnon con salvaje patetismo.
Cerca de 4000 personas fueron advertidas de que se podía estar ante un incendio inminente. No obstante, se quedaron en esa ratonera y, muchas, dejaron a sus hijos en una guardería improvisada, a cargo de personas inexpertas que ni siquiera conocían.
Tanta irresponsabilidad social barrió hasta con el instinto más primitivo de todo ser vivo, sea humano o animal, que es la preservación de los hijos o de las crías.
Toda muerte violenta es injusta, pero la necesaria justicia y las consecuentes responsabilidades políticas deberían ir acompañadas de una introspección de quienes asisten a recitales en sitios como Cromagnon.
No se trata de cuestionar la música, en cualquiera de sus variantes, sino de terminar con cierta liturgia mortal que la rodea en muchos casos. Es posible que la crisis de los últimos años haya insensibilizado también a la sociedad argentina.
Su conmovedora movilización para ayudar o contribuir con mucho o con poco en la tragedia de la AMIA desapareció en la catástrofe de Once. Buena parte de Europa no hizo festejos públicos por el fin de año en solidaridad con los muertos por el maremoto del sudeste asiático.
En cambio, los festejos con fuegos artificiales y bombas de estruendo en Buenos Aires por la llegada del nuevo año, 24 horas después de la hecatombe en Cromagnon, fueron de una magnitud sin comparación con la Navidad reciente ni con los años anteriores.
Muy cerca nuestro estaban las vidas taladas de cuajo y los familiares de las víctimas, muchos de ellos sin poder cumplir todavía con el rito más viejo de la especie humana: enterrar a sus muertos.
Algo extraño sucede en un país donde la indolencia de los políticos sólo representa cabalmente la displicencia social, en una nación donde el Estado ya no es lo que era y la sociedad, entendida como un colectivo humano unido por intereses comunes y por solidaridades mutuas, ha dejado de ser.
Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION








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