Argentine au jour le jour Rotating Header Image

La mort d’Atahuallpa, révisez vos copies

Je suis navré pour ceux qui ne comprennent pas l’Espagnol, je n’ai pas le temps de traduire ce texte. Il est remarquablement documenté et nous donne une version différente de celle généralement diffusée.

La muerte de Atahuallpa y los aymaras
Marcelo Arduz Ruiz

Poco antes de la llegada de los españoles, el inesperado deceso de Guanacápac en el Ecuador, a decir de algunos autores víctima de la peste de la viruela traída por la primera incursión extranjera, había desencadenado una fratricida lucha por la sucesión entre los Hanan, pertenecientes al linaje cusqueño, y los Hurin, de las demás nacionalidades incásicas. Mientras el pueblo y los sacerdotes eran leales a Huáscar, el legítimo heredero, al mando de Atahuallpa se habían sublevado los ejércitos que dejara su padre en el reino de Quito.

Posesionado este último de todo el territorio Norte, envía sus máximos generales a la capital imperial, donde toman prisionero a Huáscar y en su presencia degüellan a 800 integrantes de la familia real, convirtiendo la plaza de armas del Tawantinsuyo en un charco de sangre. De tal matanza, los sumos sacerdotes consiguieron salvar al príncipe imperial Paullo Túpac Yupanqui (a quien Betanzos apellida con el apócope Topa), refugiándolo en tierras de sus antecesores collas, a orillas del Titicaca.

Desde allí y pese a su corta edad (menos de 15 años), Paullo emprende la resistencia al usurpador. Al enterarse del desembarco de los extranjeros en Túmbez, viendo en ellos un aliciente para su lucha, envía una comitiva presidida por su tío Mallku Topa que en la población de Tangarara, “a nombre de todos los súbditos del imperio”, solicita su mediación para reestablecer el antiguo orden imperial.

Sobre el particular, Cobo puntualiza que mientras los Hanancuscos consideraban a los españoles “dioses blancos” enviados por la providencia para deshacer aquellos agravios, las huestes seguidoras de Atahuallpa, ocasionándoles algunas bajas a su desembarco, los apodaron despectivamente de “sungasapa”, es decir, barbudos.

El cronista Acosta deduce que, al aparecer los cristianos tras grandes invocaciones en todo el Tawantinsuyo, fueron vistos cual mensajeros divinos que acuden a su demanda; extremo este que confirma Cieza de León cuando dice: “alegráronse los Hanancuscos, teniendo tal acontecimiento por milagroso, creyendo que Dios Todopoderoso (a quien llaman Viracocha) envió aquellos hijos suyos, para que libraran a Huáscar Inca y le restituyesen el trono”.

Mientras esto acontecía, hay noticia que al enterarse en la Isla Española de la caída de Cajamarca, dos de los doce apóstoles franciscanos, luego de conversar con los dominicos en la prisión de Atahuallpa, bajaron hasta orillas del lago Titicaca, animados por el afán de evangelizar al que fuera hasta entonces el principal centro espiritual de los Incas.

Allí, ganaron fácilmente la confianza del príncipe Paullo Topa, refugiado como estaba ante la persecución atahuallpista, y conjuntamente con los sacerdotes aymaras, establecieron en el lugar más privilegiado del majestuoso templo de Sol (conocido hoy como capilla “Miserere” en el Santuario de Copacabana) la primera comunidad cristiana del continente, llamada de las “Tres cruces” en homenaje a las religiosidades que lograron aquel entendimiento, es decir la aymara, la cristiana y la incaica.

Más adelante, el cronista Baltazar de Salas señala que Paullo Topa acompañado por dos de sus hermanos, suscribió en las pampas de Chullpas, la última ciudad de los antiguos cullaguas, un acuerdo secreto entre la realeza incaica y la realeza española, para establecer la denominada “civilización cristianu-aymara”. Acuerdo éste, ratificado más tarde por el mismo Carlos V y su madre la Emperatriz de Alemania.

Es probable que Paullo, frente al acoso de los Hurin y la amenaza de una conquista que era consideraba irreversible, de la misma manera que sus antepasados obraran en relación con otros pueblos con los que establecieron una positiva e inédita “dominación”, que beneficiaba a ambos por igual; en lugar de precipitar a sus súbditos hacia el exterminio de su raza, pactara la evangelización para garantizar la vida, derechos y propiedades de sus súbditos.

Por su parte los aymaras, por la semejanza con la antigua doctrina de Thunupa predicada en la zona, asimilaron rápidamente el cristianismo, motivados ante todo por su acentuada permeabilidad al culto divino y el afán de mantener la jerarquía sagrada que desde remotas edades mantuvo el sitio. Por otro lado, al haber sufrido hasta entonces el sometimiento por parte de los Incas, el acercamiento a la nueva fe significó para ellos una doble liberación.

La guerra civil de los Incas, no concluiría con la captura de Atahuallpa, quien luego de pactar con sus captores el “Rescate”, desde la cárcel da órdenes de ejecutar a su hermano Huáscar y perseguir a los últimos integrantes de la familia imperial cusqueña, de ahí que sus seguidores tuvieran mucho que ver, primero con la indiferencia demostrada en la defensa de Cajamarca ante un grupículo de advenedizos, y luego ante el ajusticiamiento del usurpador, sin amotinamiento alguno, cuando en otras circunstancias hubieran ofrendado sus vidas en masa para salvarlo.

Desde la base de sus operaciones, Paullo Topa por afán de restablecer la dinastía imperial fue decidido colaborador de los conquistadores, particularmente de Almagro, al que acompañó en su conquista de Chile con más de 20 mil nativos reclutados en zonas aledañas al lago. Meses después, al retorno de Chile su ejército nativo salvó a los cristianos de ser quemados vivos durante el cerco que impusiera Manco Inca al Cusco.

Al refugiarse su hermano en las selvas de Vilcabamba, Paullo Topa pudo ceñirse la mascapaicha imperial (no mascaipacha como se acostumbra decir), siendo coronado por el mismo Almagro. Sin embargo, al desatarse las luchas entre pizarristas y almagristas, a la muerte de su leal amigo, decide trasladar su reinado a Copacabana donde contaba con mayor ascendiente para emprender la labor evangelizadora de las poblaciones nativas que se había propuesto.

El protagonismo que entonces ejerciera el grupo étnico de orillas del Titicaca en la instauración del llamado “sincretismo americano”, es prácticamente desconocido en nuestros días -tanto por propios como extraños- debido a la versión “Atahuallpista” impuesta por los mismos conquistadores, en afanes de mostrar la riqueza cultural que en la actualidad caracteriza a nuestros pueblos como resultado de la ocupación española.

Aunque sólo sirviera para vanagloria de un puñado de aventureros, la idea de haber arribado a un colosal imperio que se estaba desmoronando o, peor aún, que ya se había desbaratado entre luchas intestinas, fue sustituida por la leyenda negra de la caída del imperio con la ejecución de su último “emperador”, Atahuallpa. No es ninguna novedad que la historia la terminan escribiendo los mismos vencedores.

Por eso, a la simplista versión europea que perdura hasta hoy y se enseña en las escuelas, poco o nada le interesa si Atahuallpa era un simple conspirador; si Catamarca no era la capital del imperio y menos todavía si un insignificante e ignorado grupo étnico, iniciara el proceso que desde los trasfondos de la nueva fe iría forjando la comunidad eminentemente Mestiza …¡de la cual todos hoy somos resultado!

Source El Diario Bolivie

Autres billets pouvant vous intéresser :

Pas encore de commentaire pour “La mort d’Atahuallpa, révisez vos copies”

Laissez un commentaire

« retour commentaires texte